jueves, 24 de julio de 2008

7: Jesús, el Hijo Unigénito de Dios

En el capítulo décimo del Evangelio según San Lucas, tenemos en un espacio brevísimo lo que tal vez sea uno los más extraordinarios pronunciamientos del Nuevo Testamento, cuando Jesús se dirige a 72 enviados suyos a quienes podemos considerar como los primeros sacerdotes de la Iglesia que estaba siendo fundada por él:

16 "Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado."

17 Regresaron los 72 alegres, diciendo: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre."

18 El les dijo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo".

La razón por la cual este pronunciamiento es extraordinario es porque Jesús les revela a sus apóstoles cómo él mismo vió caer a Satanás del Cielo como un rayo:





A lo que se está refiriendo Jesús con esto es, unívocamente y sin ambiguedad alguna, a la expulsión de Satanás del paraíso celestial, a su caída del Cielo, una caída de la cual él mismo fue testigo. Al decirle a sus apóstoles haber visto caer a Satanás del cielo como un rayo les está haciendo saber que él estuvo presente cuando ocurrió este suceso trascendental. Si Jesús estuvo presente viendo la caída de Satanás, ello sólo puede significar una cosa: Jesús no es un hombre ordinario común y corriente, como tampoco es un profeta como los profetas del Antiguo Testamento que le han precedido. Es, en efecto, un ser divino que se ha encarnado en el cuerpo de un hombre. Es, en efecto, quien proclama ser, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre. Y al confirmar este hecho a sus apóstoles, está confirmando otro suceso de enorme trascendencia: Jesús, espíritu puro, ha atravesado la infranqueable barrera que separa al universo espiritual del universo físico, algo que el mismo Satanás y sus legiones de demonios no han podido hacer. El único que puede romper esta barrera es el mismo Dios, encarnado como hombre a través de su Hijo, y en tal caso no puede ser otro que el Mesías anunciado repetidamente por los profetas del Antiguo Testamento: